Mais uma língua
(Versión del texto publicado en Observatório Psicanalítico OP, 580/2025.)
En psicoanálisis estamos acostumbrados a que el Otro nos anteceda: el deseo es primero
del Otro y luego, con suerte, nuestro. La Castración que nos marca está antes en el Otro
que en nosotros y el mismo inconciente, siendo lo más íntimo y a la vez lo más extraño que
nos habita, guarda una relación de exterioridad profunda con aquello con que nos
identificamos, es el Otro en nosotros.
Por abrumadora mayoría, los analistas de IPA acabamos de decidir que la lengua
portuguesa será una lengua oficial en IPA, una modesta aunque importante conquista.
Implica derechos y facilidades para una parte de nuestra comunidad, por supuesto, ya que
todo será más fácil de ahora en más para brasileños y portugueses, que se han esforzado
durante muchos años en adaptarse a la lengua del Otro, se trate del español en
Latinoamérica o del inglés puertas afuera. Pero es mucho más que eso.
En un mundo donde antes pero más aun con la IA, los programas de traducción
simultánea hacen viable sortear la diferencia de lenguas para las cuestiones prácticas,
sostener la diferencia entre lenguas tiene otro sentido, crucial en una práctica como la
analítica, donde el cuidado, el respeto, el amor por la lengua se vuelven indispensables,
siendo la lengua tanto objeto como instrumento de trabajo.
Una lengua descompleta a la otra, cada lengua es capaz de decir lo que otra no, y solo
desde la exterioridad de otra lengua es posible advertir lo que nos determina desde la
nuestra, la propia, la lengua materna que hablamos -y nos habla- desde la cuna. Por eso
Barbara Cassin habla de la necesidad de “más de una lengua”, siempre, hasta para pensar
la propia (algo que yo extendería con gusto al plano teórico en psicoanálisis: siempre hará
falta “más de una teoría”, hasta para pensar la propia).
Cuando el psicoanálisis comenzó a ser pensado y escrito en castellano (y noten que digo
castellano, y no español, pues lo que nombramos como “español” es en verdad la lengua
regional de Castilla, que acabó dominando la unificada España y sus colonias, y allí están
esas lenguas relegadas y a la vez sostenidas, como el catalán o el eusquera, para
recordarlo), el psicoanálisis entero cambió. No solo creció y se difundió más, cambió.
Pensar nuestra disciplina desde una lengua nueva, practicarla en una lengua hasta
entonces desconocida, permite advertir lo nuevo y redescubrir lo que ya se sabía
iluminando rincones inesperados. Allí están Pichón-Rivière y Bleger, Racker, Masotta o los
Baranger, entre tantos otros, para sostenerlo.
El psicoanálisis es distinto si se lo piensa en inglés o en francés. Más allá de la eterna
rivalidad imaginaria entre ambos lados del Canal de la Mancha, una riqueza conceptual
que solo puede germinar en las minucias de una lengua hace que puedan aparecer
autores como Melanie Klein o Bion de un lado, o como Lacan o Green del otro. Excede
este pequeño espacio poder ejemplificar lo que digo, pero basta correrse un poco del
modo en que se han universalizado ciertos conceptos o modos de practicar el análisis
para advertir sus marcas de nacimiento, profundamente arraigadas en una cultura.
Pero nótese que casi en todos los autores que he enumerado, paradójicamente, existe
algún grado de extranjería entre quienes han sido capaces de decir algo nuevo. Hayan
vivido en Londres o en París, no hubieran sido quienes fueron si no hubieran sido habitados
por aquella “terceira margem” de la que hablaba Guimarães Rosa, esa extranjería sin la
cual el psicoanálisis se extravía.
Sabemos que el psicoanálisis fue practicado, pensado y escrito originariamente en
alemán. Pero Freud no hablaba cualquier alemán. Siendo un prosista exquisito, Freud –
como Kafka, como W. Benjamin- se acercaba al alemán en tanto “hombre del extranjero”,
como le llamaba I. Wohlfahrt, le hacía decir al alemán algo que no hubiera logrado el
mismo Goethe, lo torsionaba desde una tradición nombrada con sabiduría por Deleuze y
Guattari como “lengua menor”.
Y ésa sea quizás la posibilidad del portugués, la de descompletar toda oficialidad de la
lengua -paradójicamente, tornándose lengua oficial ahora, pero sin dejar de ser lengua
menor- para hacerle decir al psicoanálisis cosas que aun están por decirse.
No es un dato menor que el portugués conquiste su oficialidad, junto al contundente apoyo
de los colegas portugueses, por el creciente peso de Brasil en la membrecía: es en buena
medida desde las antiguas colonias desde donde se conquista ese derecho, y en todo caso
será en la antigua metrópolis -Lisboa- el lugar donde se lo ratifique en pocos meses. De la
periferia al centro, ése es el viaje de esta conquista.
Conquista que nos beneficia a todos los analistas de IPA, no solo a los de lengua
portuguesa. Pues el psicoanálisis pensado en portugués viene produciendo, y producirá
más aun, una mutación creativa en el psicoanálisis contemporáneo. El psicoanálisis clásico
devorado, metabolizado y exportado en una nueva lengua como el Manifiesto
Antropofágico anticipaba, hará avanzar no solo al movimiento psicoanalítico -tanto
numérica como geográficamente- sino al psicoanálisis mismo como disciplina.
Y ello se producirá no solo desde ese triángulo fértil de Porto Alegre, San Pablo y Rio de
Janeiro, donde encontramos la rica tradición brasileña. Y no porque los psicoanalistas –
muchos de ellos mis amigos- que analizan en la Ipanema de Vinicius o el Sampa que canta
Caetano Veloso o la tierra gaúcha que ninguna inundación acalla no tengan cosas por
decir. Las tienen, y muchas, y por suerte las dicen. Esos polos brasileños funcionan en
contrapunto, interpelándose mutuamente, con distintos acentos, emblemas, estilos. Pero
en torno a ellos, desde su propia periferia, una comunidad donde lo pequeño, lo menor
resplandece, también augura un futuro que seguramente recogerá la tradición no para
repetirla estereotipadamente sino para llevarla más lejos. El psicoanálisis de Pelotas
tendrá cosas por decir, tanto como el de Campinas, el de Brasilia o el de Fortaleza, el de
Lisboa o Porto, o por qué no mañana, también el de Luanda o Maputo, y los distintos
sotaques con que se pronuncie el psicoanálisis por venir harán estallar los riesgos de
cualquier homogeneidad u oficialidad, siempre potencialmente empobrecedoras.
Volviendo a la necesidad de “más de una lengua”, ésta se contrapone a la presencia
inexorable de “una” lengua, la materna, la que hablamos y nos habla, en la que fuimos
nombrados, imaginados y hablados antes aun de haber nacido, con la cual mantenemos
una relación de por vida. Si mi lengua materna es la que ha formateado mi forma de
pensar, el portugués, en tanto lengua extranjera, se ha comportado en todo caso como
una lengua-amante. Allí la fragilidad se hace presente. Nunca hablamos o entendemos una
lengua extranjera como la propia, y el portugués ha sido para mí el territorio de las
vacilaciones, del no entender del todo, el reino del posible malentendido. Eso puede ser un
problema, pero al mismo tiempo una potencia. Cualquiera que haya tenido la dicha de
trabajar en una lengua extranjera sabe que el pasaje por otra lengua, hacer presente ese
“más de una”, tiene efectos en el modo en que analizamos en la lengua vernácula.
Incluso en términos de traducción, pues la traducción hace tiempo que no es, como se
pensaba, un modo de decir lo mismo en otro idioma, sino un modo de hacer estallar -como
propuso Foucault- la lengua de llegada a partir de la de partida. Y de vérselas también con
ese resto de intraducible que cada lengua entraña -¿como traducir por ejemplo, la
hermosa palabra “saudades”?- y así poner de manifiesto lo que de innombrable
permanece en nuestro trabajo en tanto borde irreductible.
Analizar es aprender a escuchar la lengua propia, la de nuestros analizantes, como si se
tratara de una lengua extranjera.
Pronto celebraremos en lengua portuguesa, en Lisboa, que contamos ahora en IPA “mais
uma língua”, y seguramente vendrán otras, justamente a mostrarnos lo que una sola
lengua, ninguna, es capaz de decir por sí sola.
